Estrecho, Llanto – Rebeca Pascó Soto || #CIErraloConArte #CIEsNO

ESTRECHO

Desde lo alto se dibuja la distancia calma.
Agua plata que al soplar el viento se arruga caprichosa.
Rizos, que son olas, nos escriben historias olvidadas en arrebatos de soberbia.

Vislumbro con mirada ciega el mar.
Personas sin socorro.
Una vida que se escurre en las profundidades,
Una vida que se calla,
Una vida que baja la cabeza como si modestamente hubiera vivido.

Hay un gran barco ansioso por llegar a la tierra prometida.
Un hotel que sigue retumbando secretos.
Y si las paredes hablaran…
Y las paredes hablan y cuentan historias de jugarse el tipo.

El tiempo todo lo cura,
Todo lo cura el tiempo.
Todo menos el desembarco de mujeres harapientas con un niño en el pecho.
Ojalá,
Ojalá la vida sea liviana y las miradas de amor y las manos al trabajo.

Miro al horizonte y a las vidas que han cruzado este mar salado.

Miro al horizonte y veo una esperanza mal comida,
Una angustia que susurra,
Un fantasma del pasado.

Rebeca  Pascó Soto 18/09/19

 

LLANTO

A lo lejos se escuchan las bombas tronando fuego.
Mudo ha quedado el zumbido rítmico de las estrellas,
Esa melodía que solo en algunas tierras se percibe entre el silencio de sorbos de té.
Un regalo de Dios a cambio de tanto dolor,
Si es que Dios se acuerda de nosotros en esta guerra.

Los hombre están muertos.
Son muertos que respiran,
Con ojeras y mirada espantada.
Mirada de hierro,
Mirada eterna.
Morirán, está vez en paz, con sus casas derrumbadas,
Sin el alivio de sentirse libres.

Las mujeres, de piedra, siguen llorando.
Y es que llanto, aquí y ahora, es la fortaleza de un castillo medio en ruinas.
Las lágrimas rodando, mejilla abajo, nos recuerda que somos,
Que somos pena,
Que somos translúcidos como los suspiros,
Pero que somos.

Niños acunados por unos brazos fatigados,
Por unas nanas crueles que cantan lo que no conocen,
La dulzura de un buen lecho,
Los días de sol radiante entre hierba fresca,
La celebración de un cumpleaños sin sentir la culpa de seguir cumpliendo.

Y así,
El fango se enreda en pies descalzos.
Nadie se preocupa de remendar zapatos.
Nadie camina mirando al horizonte.
No importan los bolsillos rotos,
No hay nada que quepa en ellos.
El oro es un deseo ridículo, arrugado.

La muerte se sienta en las alfombras gastadas y húmedas.
La muerte es una música perpetua y casi dulce.
En esta tierra de nadie,
En estas casas sin techo,
En estos hombres sin destino.

Solo una verdad continúa escribiéndose en la palma de sus manos.
Estas almas llorosas se siguen amando,
Temblando,
Con la boca seca,
Con la esperanza hecha trizas,
Con las ventanas cerradas,
Se siguen amando.

Rebeca Pascó Soto, 11/06/19

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